
Querido Mundo:
Mientras espero en el coche a que le bajen me siento en paz, seguramente estaremos haciendo lo mejor para él. No tengo que ser egoísta, tengo que pensar en lo mejor para él y dejar de un lado mi sufrimiento, él lo está pasando peor. Mi hermana se sienta en la parte de atrás y él sonríe con la mirada, siempre le han gustado los paseos en coche; este va a ser el último. En sus ojos adivino lo que llevo viendo desde hace casi 5 meses; está cansado.
Saca la lengua y deja que el aire juegue con los rizos de su pelo recién cortado, siempre le ha gustado la velocidad. Le cogemos en brazos y entramos en la clínica, casi no entro, la sensación de ahogo es demasiada. ¿Quién quiere estar sujetándole en la radiografía? Mi hermana se pone el mandil y le sujeta pacientemente durante las dos que le hacen. El tiempo de revelado se hace eterno, sabemos que cada vez está más cerca el momento de tomar una decisión. Es la cadera, está muy mal. Podríamos operarle o sujetarle las patas traseras a un carrito para que empuje con las de delante. Su dignidad por encima de todo: rechazamos las propuestas. Llega el momento de decidir, pero no podemos. Mi hermana empieza a llorar, me acerco a ella para abrazarla, para ayudarle a decidir lo mejor para Ralph. Nos lo preguntamos una a otra varias veces ¿estamos seguros? ¿sabemos que es lo mejor para él? ¿estamos dispuestas?, las dos asentimos mientras las lágrimas surcan nuestras mejillas y nuestras mentes retroceden a los recuerdos. Enrique, el veterinario, ha sido muy cariñoso con nosotros, noto que también está emocionado. Coge a Ralph y le sube a la camilla. Mi madre llama a mi padre para preguntar si a él también le parece bien, pero no puede hablar, mi hermana tampoco, así que me toca a mí decírselo. Mientras él habla no puedo oirle, mi mente está muy lejos. Veo cómo rasura parte de la para derecha de Ralph mientras mi padre sigue hablando. Tengo que concentrarme. Le digo que luego le llamo, y me quedo a un lado de la camilla, viendo cómo Ralph aguanta todo, creo que no sabe lo que le vamos a hacer. Me siento culpable, no se lo hemos explicado, él confía en nosotas. Mi madre consuela a mi hermana que no puede parar de llorar mientras yo, de rodillas, intento acompañarle en sus últimos momentos, le miro a los ojos y le pido perdón. No dejo de mirarle fijamente a los ojos mientras acaricio por última vez su cabeza. Enrique le pincha pero no encuentra bien la vena, tenemos que probar en la otra pata. Lo interpreto como una señal, quizá no haya llegado su momento, quizá se recupere; pero la cordura me devuelve a realidad: está muy mal. Le rasura la pata izquierda, me armo de compostura y me ofrezco a ayudarle, quizá no sepa mucho sobre perros, pero la enfermería me ha enseñado algunas cosas sobre venas… Por fin se la encontramos y ese líquido rosa empieza a entrar “eso es lo que le va a matar” pienso, pero en seguida racionalizo “le estamos ayudando”. Le pregunto en voz baja, no quiero que mi hermana lo oiga “¿Cuánto tarda?” “Muy poco, unos 5 segundos” contesta Enrique. Empiezo a contar mentalmente “Cinco, cuatro, tres, dos… no quiero pensar en el uno, quizá si no lo digo ese segundo nunca llegue y quizá así no se muera” Su corazón empieza a latir cada vez más despacio, sin fuerza, noto cómo se para. Tose por última vez y saca la lengua. Ya está, ya no está con nosotros, se ha ido; hemos hecho que se vaya. Por alguna razón sigo sujetando su cabeza, como si todavía pudiera moverse. Le vuelvo a abrazar, sé que no puede sentirlo, pero necesito abrazarle. Le doy un último beso y mi madre nos dice que vayamos saliendo, que le esperemos fuera. Cuando abro la puerta para dejar pasar a mi hermana tengo la sensación de que se me olvida algo, estoy a punto de decirle “¿Por qué no coger tú a Ralph? Que a mamá le pesa mucho y luego le duele el brazo”, pero no lo digo, sería absurdo, él ya no está con nosotros.
Un hada en busca de su magia.